Bordaberry

LA JUSTICIA TARDA PERO LLEGA

Es increíble oír a eximios leguleyos cuestionar el dictamen del juez Timbal que determino el procesamiento del dictador Bordaberry y su canciller Blanco.

Si en el Uruguay hubo decenas de detenidos - desaparecidos (muertos en la tortura) durante la dictadura fascista de Bordaberry y sus sucesores (Demichelli, Aparicio Méndez, Gral. Gregorio Alvarez) y sólo después de 30 años, aparecieron dos cadáveres: ¿se pretende que la justicia cuente con pruebas, testimonios y evidencias jurídicamente impecables para procesar a espurios criminales? ¿ o acaso en el Juicio de Nuremberg que condenó a muerte a varios criminales de guerra (porque muchos escaparon como el Coronel Manuel Cordero a el Brasil tal como Mengele o Borman, o Eichmann en el caso nazi) tuvo que probarse escrupulosa y meticulosamente la muerte de cada uno de los 6 millones de judíos asesinados?.

Es harto suficiente con lo que se dice en dicho dictamen de lo mucho que se hizo en horrendos crímenes, en bárbaras y salvajes violaciones a los derechos humanos durante la época en que encabezó la dictadura el Sr. Bordaberry. Con sólo tres o cuatro razonamientos contundentes es suficiente para justificar dicho procesamiento.

En primer lugar, la cancelación, por parte del servicio exterior de la época (cuya cabeza era Juan C. Blanco, designado por Bordaberry) , de los pasaportes de Wilson Ferreira Aldunate, Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz que a partir del 24 de Marzo de 1976 (golpe de estado contra María Estela Martínez de Perón - antes, en 1974/1975, la acción desembozada de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina)- comandos paramilitares de extrema derecha- encabezada por el tristemente célebre "Brujo" López Rega) fue una sentencia de muerte que se reforzó y confirmó cuando Raúl Alfonsín (a pedido de los familiares, después de los secuestros) se entrevistó con el Ministro del Interior de la época, Albano Harguindeguy, y este le manifestó que tenía entendido que Michelini y Gutiérrez Ruiz eran tupamaros (información que se supone provenía del gobierno uruguayo), es decir sin pasaportes válidos y tildados de tupamaros no precisaban ni Bordaberry ni Blanco apretar ningún gatillo porque cualquier sicario de los que abundaban en aquella época se encargaría de ello.

En segundo lugar, la total impunidad con que actuaron la banda de criminales encabezados por Aníbal Gordon y presuntamente secundados por el Mayor Manuel Cordero, antes y después de los secuestros, hasta que el 21 de Mayo se encontraron los cuatro cadáveres, habla a las claras de la total complicidad de la dictadura argentina con la dictadura uruguaya, porque pese a las numerosas denuncias presentadas ante la policía bonaerense ésta no movió un dedo para evitar los crímenes y después de descubiertos, trató de borrar cualquier evidencia que no apuntara a la tesis de un asesinato por parte de la guerrilla izquierdista (E.R.P. argentino) en venganza por la supuesta "traición" de los militantes tupamaros Barredo - Withelaw a el M.L.N. por haber abandonado la lucha armada como forma de imponer sus ideas revolucionarias, es decir, la coartada perfecta, una operación quirúrgica de alta cirugía hecha por burdos carniceros.

Si este acto represivo contra opositores a la dictadura de la talla del Senador Wilson Ferreira Aldunate (que se salvó por un milagro de ser ejecutado en esta operación y que logró asilarse en la Embajada de Austria antes que lo capturaran ( Austria era un país gobernado en ese entonces por el socialdemócrata Bruno Kreitsky (Canciller desde 1970 a 1983) ), del Presidente de la Cámara de Diputados, Héctor Gutiérrez Ruiz y del Senador Zelmar Michelini, cuánto más horrendo y criminal debe haber sido hacer desaparecer a 200 compatriotas en Uruguay y países vecinos (Argentina - Videla, Chile - Pinochet, Paraguay - Stroessner, que en la década del 70 soportaron dictaduras sangrientas) y de la cual son responsables o co-responsables: Bordaberry y Blanco.

O sea, no es posible tapar el cielo con un harnero y por más alegatos de brillante erudición leguleya de crítica a la resolución del juez Timbal, es imposible esconder la verdad, tergiversarla, porque a la larga o a la corta se va a develar lo oculto con desidia y vileza sin igual. Son cientos los testigos (o miles o cientos de miles pese a el paso del tiempo), son cientos las víctimas, las evidencias, las pruebas, que condenan a quienes cometieron delitos de lesa humanidad como para evitar la condena y esto deben tenerlo claro quienes reciban el castigo y quienes quieran volver a cometer las mismas tropelías, los mismos atropellos.

Justo Malaespina

 


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