EDITORIAL MARZO 08

“Pajarito” Silveira

La historia tiene sus recovecos, sus ironías, que no cesan de dejarnos perplejos y “apoplejiados”. Hombres que tuvieron todo el poder en sus manos, vale la pena recordar que cuando se da el Golpe de Estado en junio de 1973 éste fue cívico militar; además de los incondicionales del motín, había objetivamente una corriente de opinión que creía, que estaba convencida, que era necesario poner orden; de ahí que vieron con simpatía y otros con complicidad complaciente, el golpe de Estado.

En la medida que transcurre el tiempo y la aplicación de orden empieza a utilizar el desborde, represión ilimitada a todo el que no estuviese de acuerdo con la dictadura, al mismo tiempo que un grupo se apodera de los puestos clave de mando de las Fuerzas Armadas, y en particular, del Ejército, empieza a deformar el objetivo que “la fuerza” se dio de defender las instituciones del peligro subversivo, llámese tupamaro o marxista, según ellos amparados en los corruptos políticos que eran incapaces de contener la subversión. Entonces empiezan las operaciones internacionales con los aparatos de inteligencia represivos de la Argentina, de Brasil, Chile, con el consentimiento y, porqué no, el apoyo de la CIA, interesados directos en destruir la subversión marxista en el continente que la revolución cubana inflamaba.

En ese cuadro político favorable para los golpistas, se fueron dando los factores de desviación de objetivos primarios y empiezan a sucederse los fenómenos que, hoy a la luz de la revisión que hace este gobierno sobre la política de los derechos humanos, explotan en el rostro del pueblo uruguayo las brutales aberraciones que hicieron militares de los servicios especiales del Ejército, de la Marina, de la Fuerza Aérea y de la Policía. Todo ello bajo la conducción de un comando único que el EsMaCo (Estado Mayor Conjunto), o inventos como la OCOA (organización coordinadora de operaciones antisubversivas).

Los integrantes de estos aparatos, liberados de todo contralor, motivado por lo que ellos llamaban “operaciones especiales”, que significaban la aplicación de “el fin justifica los medios”, hicieron harina los derechos constitucionales de los ciudadanos, y la carta de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos. Por si eso fuera poco, se dedicaron a traficar, a despojar y a robar desde las cosas más insignificantes (como robarte los zapatos y objetos personales) hasta autos, inmuebles, cuentas bancarias, y empezaron a traficar, culminando esa horrorosa ordalía traficando con seres humanos, particularmente niños.

Los peores instintos se despertaron en esos hombres, deshumanizándolos y convirtiéndolos en fieras abominables; sin embargo ¡oh contradicciones de la vida! tenían familia; otros formaron familia, mientras miles de presos eran encarcelados, cientos de miles de uruguayos eran acorralados; ellos hacían de la defensa del orden un botín de guerra. A la vez hacían una vida civilizada en la medida que formaban y desarrollaban familias que hoy tienen que soportar, o acompañar, a padres o abuelos que en lo más intimo es su sangre, con la cual –sin la menor duda- hay afectos, pero que, sin embargo, ante la sociedad son aborrecibles criminales, porque el pueblo, el país, la nación, le brindó un uniforme para enaltecer sus cualidades y no envilecerlas.

Hoy es la hora de la verdad, ellos, los que tuvieron el comando de la OCOA, los capitanes, los tenientes, los que tuvieron todo y a todos en sus manos; en mi caso personal debo decir que estuve casi 50 días descalzo y en calzoncillos en el “300 Carlos” soportando los interrogatorios y las torturas que, según sus métodos, eran el submarino con agua, el submarino seco, la colgada con los brazos hacia atrás hasta descoyuntarte y luego ponerte en un cajón y ahí días y días los huesos volviendo a su lugar y sólo sale de tu boca el dolor, el ¡ay, ay, ay!, pero la picana también está presente, en un cable de corriente que salía de la pared, o la otra, en una cama de hierro electrificada, y si no la otra, una picana que se le aplica al ganado con batería, donde te la ponen en los testículos, en el pene, y mucho, mucho en la cabeza; pero además, otro ingrediente: el caballete; un artefacto de madera que tu crees que te afecta los testículos, en realidad te afecta la columna vertebral; pero si además te atan el pelo, que está largo, a una cuerda que está en el techo, y todavía, el que te interroga, que dice llamarse Oscar2, te golpea con una cadena, hasta que estalla todo, revienta el pelo, salta la cuerda, te desmayas o mueres... y así, un día, y otro día, y otro día... hasta que te acostumbras a dormir con el enemigo: el tormento es parte de tu existencia. Entonces da lo mismo vivir que morir.

En ese equipo estaba Oscar 7 Sierra, alias “pajarito”; se sentía tan omnipotente que era de los que aparecía y te sacaba la venda para que lo vieras; porque creían, estaban convencidos, de que el sistema que habían impuesto sería eterno. Pues se han equivocado, si bien militarmente lograron el objetivo de llegar al poder, de desarmar el aparato del MLN y golpear duramente al Partido Comunista y la fuerza de la resistencia, en el tiempo se fueron desgastando y luego recibieron la peor de las derrotas: la política, que es cuando el pueblo los repudia y no los quiere ver más en el poder.

Pero en las fuerzas cívicas que los apoyaron, habían políticos, pero también fuerzas económicas, sectores económicos, la clase dominante los cobijó, los alentó, les abrió las puertas de sus mansiones para que disfrutasen la deliciosa y rosada vida que vivían, hasta que les dieron las espaldas y además, hoy, son los que más les cobran; porque los acusan de que sus excesos facilitaron la acumulación de fuerzas de la izquierda que hoy está en el gobierno, y que no hace cambios sólo en las políticas de derechos humanos, sino que distribuye la renta nacional –por primera vez- con un sentido como lo soñaba el prócer de los orientales: don José Artigas. Entonces les preocupa la irreversibildad del proceso, en la medida que el pueblo vaya haciendo conciencia de la necesidad de afirmar los cambios, pierdan el control del país en el cual, en esos 178 años, 600 familias emparentadas entre sí han tenido el poder real en el Uruguay.

Lo del “pajarito” Silveira nos coloca ante una nueva realidad, en la cual –sin ánimo de venganza, sin revanchismo, pero con serenidad y firmeza- es necesario seguir en el camino que estamos hasta que se conozca toda la verdad y que la justicia haga justicia.

Dari Mendiondo Bidart


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