Marcos Ana publica sus memorias tras 23 años de cárcel

Marcos Ana. / EFE

Veintitrés años en las cárceles franquistas como preso político y dos condenas a muerte podrían minar sin duda la moral del más fuerte, pero no lo lograron en el caso de Marcos Ana, el comunista que traspasó los muros de la prisión con su poesía y que ahora, a los 87 años, publica sus memorias. «Nosotros fuimos los legales, los defensores de la República, y queremos que nos devuelvan la dignidad de una manera pública e institucional», dice Marcos Ana en una entrevista, en la que habla de su increíble vida y reivindica con pasión la Ley de la Memoria Histórica, pero no a cualquier precio: «Prefiero que no haya ley a que nos den una miseria», asegura.

Coeditado por Tabla Rasa y Umbriel, el libro se titula “Decidme cómo es un árbol”. Memoria de la prisión y la vida, una obra que a partir de hoy llega a las librerías españolas y que en noviembre se publicará en América.
Marcos Ana es muy apreciado en Hispanoamérica. Los versos que escribió en los años de prisión se fueron publicando en numerosos países y se convirtieron en el grito de libertad de los presos políticos. El 17 de noviembre de 1961, Fernando Macarro Castillo, más conocido como Marcos Ana, salió del penal de Burgos después de 23 años de sufrir torturas en varias cárceles y de que se le conmutaran dos condenas a muerte.

Fernando Macarro Castillo. (Ventosa del Río Almar, Salamanca, 20 de enero de 1921). Poeta español. Hijo de campesinos, pasó la infancia en su localidad natal hasta que se trasladó con su familia a Alcalá de Henares en 1929. Su formación fue pobre y debió destinar buena parte de su tiempo a trabajar en cualquier tarea que aportase ingresos familiares.

Aunque marchó al frente al estallar la guerra civil en 1936, afiliándose a las Juventudes Socialistas Unificadas, cuando se reorganizó el ejército hubo de abandonar el campo de batalla por ser menor de edad. No podrá incorporarse definitivamente hasta 1938, participando en distintas acciones durante la batalla de Madrid, al tiempo que trabajó comisario político del Partido Comunista. Antes del cerco total a la capital de España, consiguió escapar en dirección a levante junto a varios miembros de distintas unidades republicanas. Fue acogido por dos veces (en Albacete y Elda), pero el avance de las tropas sublevadas le obligó a retirarse hasta Alicante donde se refugió en el puerto hasta el último día de la guerra junto a varios miles de soldados y refugiados en espera de que algún buque los rescatase.

No pudiendo alcanzar barco alguno por el bloqueo naval, se rindió a la unidades italianas (la División Littorio) que cercaban el puerto el 31 de marzo y fue preso y confinado en un campo de concentración de Albatera. Pocos días después escapó y, usando los contactos que ya conocía, realizó el trayecto de vuelta a Madrid donde fue nuevamente detenido a la semana de llegar. Torturado y malherido por las palizas, fue condenado a muerte. En las cárceles se le conocerá por mantener alto el espíritu entre los detenidos mientras esperaba la ejecución de la sentencia.

Estuvo preso junto a Miguel Hernández, al que llegó a conocer antes de su muerte, y terminó en el penal de Burgos, donde permaneció desde 1946 hasta 1961. Destacó entre sus compañeros al hacerse responsable de pasquines que circulaban por la prisión en los que se alentaba a resisitir a los presos, por lo que fue condenado por segunda vez a muerte en 1941 en Consejo de Guerra, así como por formar grupos organizados e incluso un diario clandestino llamado Juventud.

“Las hierbas del patio las cogíamos, las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre o de frío”.

Su carácter combativo le llevó a ser objeto de dura represión durante su tiempo en prisión, con frecuentes palizas y reiterados periodos de incomunicación. Su afición a la lectura s e inició con antiguos libros que circulaban por el penal de obras autorizadas de clásicos españoles: Quevedo, Lope de Vega, Calderón, ... Pudo tener acceso a El Quijote a pesar de no estar permitida su lectura y, más tarde, a las obras prohibidas de Rafael Alberti, el propio Miguel Hernández o Federico García Lorca gracias a una tupida red de libros clandestinos que se estableció en la prisión cuando se relajaron las medidas contra los presos a partir de 1950.

A mediados de esa década fue cuando comenzó a escribir sus primeros poemas bajo el seudónimo de Marcos Ana y que, escondidos, consiguieron salir al exterior y conocerse por muchos opositores al régimen. Su poesía desgarradora animaba a combatir la dictadura con la palabra y hacía un llamamiento a la liberación de los presos políticos. Su obra llegó hasta muchos intelectuales españoles exiliados, y la propia organización Amnistía Internacional, que presionaron para su liberación, lo que ocurrió en 1961.

Debió marchar a Francia donde el Partido Comunista de España, del que era miembro, le invitó a establecer un servicio en París destinado al apoyo de los presos políticos españoles con la ayuda de personalidades del mundo de la cultura francesa: el Centro de Información y Solidaridad con España presidido por Pablo Picasso. Desde ese puesto recorrió Europa y Sudamérica, donde tuvo gran influencia entre los jóvenes durante las dictaduras de Argentina y Chile.

Regresó a España con la amnistía de 1976.


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