MARIHUANA... TO BE OR NOT TO BE?

Entrevista al Lic. Soc. Leonardo Mendiondo sobre la legalización de la marihuana

El debate acerca de la legalización de la marihuana, junto a las piadosas instituciones que lo agobian -léase grupos de discusión, asociación de padres autoflajelados, y demás cruzadas moralizadoras- instauran el espacio propicio para la emergencia del uruguayísimo “chivo expiatorio”, a través del cual intentamos exorcizar llagas sociales, cuyo origen ha de hallarse en otros aspectos de la realidad que, al parecer, da mucho trabajo descubrir, o aceptar... “

TC: ¿Cómo podemos tomar desde la sociología el problema de la droga?

LM: No como un “problema social” sino como un “hecho social”, como cualquier otro; simplemente eso, un hecho social junto al conjunto de relaciones que lo emparentan con otros hechos, prescindiendo en lo posible de todo tipo de valoración. Para ello, es imprescindible payar menos y conocer más... siempre tengo la sensación de que determinados temas –caso el consumo de marihuana o el aborto- se manejan con una gran irresponsabilidad, estableciendo relaciones parciales y, hasta en muchos casos espúreas, entre los distintos hechos sociales –caso el consumo de drogas y delincuencia- que, si bien existe, no es válida para todos los estratos sociales.

TC: Sin embargo estudios realizados por cientistas sociales han establecido que esa relación de hecho existe...

LM: Durante el siglo XX se ha procedido a sustituir el Dios bíblico por otro Dios: la ciencia. No obstante, ella no constituye una panacea susceptible de redimirnos de todos los males, pues la ciencia también comete errores, inducidos, muchas veces, por la presión institucional, ya que, en definitiva, son las instituciones quiénes determinan cuáles son los hechos sociales que hay que estudiar y cuáles no. Creo que este tema en particular amerita un tratamiento más detenido. Por ejemplo, no todos saben que existe un consumo de drogas “problemático” y uno que no lo es. Durante mis épocas de estudiante, en una ocupación realizada en nuestra facultad, se puso a consideración de los presentes como tema final para decidir –luego de triunfar la posición de ir a la huelga-, si durante la ocupación era lícito fumar porros. Una abrumadora mayoría votó que sí. Eramos en esa asamblea unos cuatrocientos estudiantes. Fíjate tú, que es muy poco probable que existieran cuatrocientos potenciales delincuentes dentro de ese grupo. Y bien ¿dónde está entonces esa famosa relación que vincula el consumo de drogas con la delincuencia?. Esto nos dice algunas cosas. Primero, que si bien la relación drogas - delincuencia existe, no es generalizable para todos los estratos sociales. Segundo, vamos a profundizar un poco dónde y porqué se produce esta relación, y con qué fuerza esas dos variables están relacionadas. Como dijimos, la relación drogas – delincuencia no es válida para todos los estratos, es decir, que no ocurre en Pocitos, el Prado o la Aguada, lo mismo que ocurre en espacios barriales acotados. Esto quiere decir que, la fuerza con la que se asocian estas dos variables, no tiene la misma intensidad si hacemos un corte y la analizamos a la luz de algunas otras variables que están en juego, como sexo, edad, nivel de instrucción, posición económica, lugar de residencia etc. En determinados barrios, por ejemplo el Cuarenta Semanas, –o parte de ellos- siempre ésta relación es más fuerte, siempre hay una mayor incidencia que conduce a relacionar fuertemente el consumo de drogas con la delincuencia. Pero en este punto es necesario formularse algunas preguntas ¿es el consumo lo que provoca esta situación? o por el contrario ¿es un elemento más que se suma a otros factores anteriores de fondo? ¿porqué esa relación se da con más fuerza en espacios barriales periféricos, que en otros barrios? En otras palabras, el consumo de drogas ¿cuánto explica por sí solo el ejercicio de la delincuencia? ¿es posible generalizar las eventuales conclusiones para el resto de la sociedad? Para quienes ejercen infatigablemente el arte de la payada (y lo peor, también la de decidir) parece que son lícitas este tipo de generalizaciones sobre aspectos de nuestra sociedad que no son generalizables para todos los estratos sociales y, una vez más, las clases excluidas reciben el palo... apelando siempre a razones, desde mi punto de vista, equivocadas.

TC: Porqué razones equivocadas...

LM: Porque se estigmatiza la pobreza y la exclusión social, y no solamente los líderes de opinión o la prensa, también la ciencia social lo hace. Por ejemplo, si vas a un puesto de verduras, vas a ver frutas y verduras, razonablemente no vas a encontrar otra cosa; bien, si vas a determinados lugares, especialmente donde los índices de criminalidad son muy altos, es más que factible que la asociación de la que hablamos hoy, la veas con mucha fuerza. Entonces ¿porqué no se hace un estudio del consumo de drogas que abarque sectores más amplios de la sociedad, y buscas el consumo no problemático? No te quedes con una sola cara de la moneda, intenta conocer este hecho social en toda su amplitud. Ocurre que ninguna institución privada o estatal te va a financiar una investigación para que les cuentes lo bien que se sienten algunas personas fumando porros, y sí para que halles resultados “relevantes” que digan algo de tipo tremendo: “la droga hace destrozos y condiciona fuertemente la criminalidad”, y eso no es un problema de la sociología, y sí de las instituciones que financian determinados estudios. ¿A quién le interesa investigar al consumidor que se fuma un porro y se va al cine, a tomar el sol, a ver exposiciones de cuadros a caminar o a hacer un picadito de fútbol? Realmente, a nadie. Entonces difundimos investigaciones más del tipo sensacionalista, propicias a las declaraciones con cara de circunstancia como los actores mexicanos del teleteatro de la tarde, donde es posible lo imposible: que uno de los actores secundarios muera por sobredosis de marihuana (!!!¿?) Mamarracho total, irresponsabilidad total. Además, esa relación drogas – delincuencia esconde, vía estigmatización, otra dinámica social más perversa. Ocurre que la criminalidad inmoral no está en las clases bajas, la criminalidad inmoral está en las clases altas; no está en el tranza que sobrevive pasando pequeñas “palancas” de faso, ni siquiera en el chorro común, para quienes el delito es una estrategia de supervivencia al verse impedido de acceder a las estructuras de oportunidades que ofrece nuestra sociedad solamente para algunos; la criminalidad inmoral está en las clases altas, está en los hermanos Peirano, que disponiendo a su antojo de todo el abanico de estructuras de oportunidad existentes socialmente (recursos, educación en los mejores establecimientos, capital relacional, poder) delinquen con guantes blancos. Se hace muy verdad aquello que dijo Gabriel Tarde a mediados del SXIX, que lo que son vicios de las clases bajas de las sociedades modernas, eran elementos de estatus de las sociedades cortesanas anteriores; que ahora los códigos cambiaron y les llaman marginales y agresivos a los que hacen las cosas que los privilegiados hacían y hacen, en las clases cortesanas (G. Tarde 1860). Repito, la criminalidad inmoral no está en las clases bajas, sino en las clases altas. Los que delinquen impunemente están en las clases altas; ahora, los que los imitan, por una vuelta de tuerca, son marginales y lumpen, porque hacen lo que otros hacían desde otra posición social. El caso de los banqueros procesados constituye la excepción que confirma la regla, al menos por ahora.

TC: ¿Cómo se concilian ópticas tan dispares?

LM: Yo creo que no es nada sencillo; existen condicionantes muy difíciles de soslayar, y que recaen tanto en la clase política como en la organización propia del Estado, y también del derecho. Vamos por partes. En una sociedad, algunos hechos sociales se suceden con independencia de lo que pueda establecer el derecho, la política o el estado, y, en este sentido, salvo durante el primer batllismo, nunca ocurrió un estado capaz de adelantarse a las demandas sociales. Siempre se actúa post - facto, es decir, luego de consumarse un hecho social, nunca antes; ni que hablar de planificaciones a diez o veinte años. Con esto quiero decir que no prevenimos, curamos, y eso como política es algo muy oneroso e ineficiente. Las autoridades piensan en la eficiencia del estado, como si esta eficiencia pasara exclusivamente por sanear las finanzas o por someter las reparticiones estatales a procesos cosméticos que modifiquen su antigua imagen de ineficiencia. No desconozco que esto es muy importante, pero la modernización de un estado pasa también por reacomodar ideológicamente todo su aparato burocrático –dicho esto en el buen sentido- para modernizar también los sistemas de decisión y gestión, no con una racionalidad exclusivamente económica, sino también social, en el más amplio sentido de la palabra. Bajemos todo esto a tierra. Hoy un estado como el uruguayo, ante asuntos importantes, convoca a consulta popular; en dichas consultas hay dos antagonistas, los que dicen sí y los que dicen no. Yo creo que esto es una forma de dirimir determinados asuntos muy grosera e inadecuadamente. Supónte que hay una consulta popular para decidir el consumo de marihuana o el aborto, y que el 10% de la población dice que sí y el 90% dice no. Qué ocurre, que salimos a decir a quien nos quiera escuchar que el pueblo uruguayo dijo que no al flagelo de la droga y todas esas historiolas. Pero lo cierto es que un 10% de tu población quiere fumar porros. Ergo, esas 200.000 personas –siempre hablando en términos de hipótesis- son presas de una tiranía de la mayoría. Esto no es nuevo, ya Alexis de Tocqueville a la vuelta de la revolución francesa, denunciaba este tipo de arbitrariedad, así como también la falacia del político virtuoso. Yo me pregunto ¿la expresión de la minoría no vale? Porque no son ni uno o dos, son decenas de miles a los que se les dice que no. ¿Qué ocurre? Que la Marihuana ilegal es más sabrosa que la legal, la conseguís en cualquier lado y todo el mundo esta feliz.
Aquí es importante intercalar una reflexión lateral: el consumo de marihuana en Uruguay es legal, no así su comercialización; entonces, ¿cómo consumir sin infringir la ley? Lo único que haces con esto es fomentar el comercio ilegal. No estás protegiendo la salud de la gente pues no hay controles de sanidad o de calidad: pienso que esto es paradójicamente demencial. Hay una paradoja todavía mayor, donde ya no es una minoría, sino una mayoría, a la que se le dice que no: el aborto; en tanto que un 75% estaba de acuerdo con las prácticas abortivas, se dijo no, y eso, más que representar una posición de nuestra sociedad frente a un hecho social determinado, refleja las limitaciones, prejuicios o intereses electorales de nuestros representantes. Es una forma de propiciar el delito y el comercio ilegal a expensas de la vida de la gente. El costo de no legalizar el aborto comporta algunas decenas de muertes al año, se resuelve la ecuación costo político – beneficio y se opta por no legalizar. El costo se traduce en que las prácticas abortivas ilegales continuarán existiendo como una consecuencia indeseada de mantener su ilegitimidad. Bien, con las drogas ocurre lo mismo: el contrabando de drogas es un gran negocio, también puede llegar a serlo y en ocasiones lo es, su represión. Nadie piensa un sólo momento en las consecuencias que generan tales acciones, y si lo hacen, al parecer no importa mucho. Aquí el criterio de la mayoría no es válido, entonces ¿cuál es el criterio?.
Vamos a verlo desde una óptica mucho más general. Muchas de las estructuras válidas para la modernidad, como el espíritu corporativo, en la postmodernidad han perimido, porque nuestra conciencia social no se puede resumir a una sola; por el contrario, existe una gran variedad de lógicas sociales independientes. Acerco un ejemplo de postmodernidad extraído de la legislación norteamericana: la pena de muerte. El hecho de que exista en algunos estados y en otros no, es un ejemplo de las lógicas diferenciales existentes al interior de una sociedad. En Uruguay, cuando hablamos de descentralización, también se debería hablar de esto; es decir, de poseer autonomía administrativa para tomar decisiones menos generales y algo más particulares: ¿te imaginas que existiera la pena de muerte en Montevideo, y no por ejemplo en Canelones? Eso es impensable aquí, en Uruguay. He puesto un ejemplo muy grueso para ilustrar esto, pero este tipo de cosas se dan en otros temas, y así caemos en el tema del aborto o el consumo de Marihuana.

TC: ¿Entonces, estás a favor de la legalización de ciertas drogas?

LM: Estoy a favor de la legalización de la Marihuana, aunque no de otras drogas, que sabemos son enormemente perjudiciales, y cuyo consumo se localiza en espacios barriales preferentemente excluidos, caso la pasta base: el nuevo demonio que vindicó ante las autoridades a la marihuana. Esto quiere decir que hace tiempo venimos payando y creando cucos.

TC: Hace unos instantes me hablabas de razones equivocadas, ¿cuales serían las razones correctas?

LM: Entiendo que las razones equivocadas son aquellas que ostentan un altísimo grado de contradicción e ignorancia. Algunas de ellas se pueden escribir así: el consumo de la marihuana conduce directamente al consumo de drogas más peligrosas o al delito. Que los consumidores de marihuana están enfermos. Que antes de consumir drogas pesadas se recurra al “peor de los males” en este caso la marihuana, o que la introduzcan como un eufemismo “marihuana medicinal”. Si bien lo anterior puede llegar a ser parcialmente cierto, ya lo hemos expresado, no es posible generalizarlo para todo el rango de la gente que la consume. Creo que no existen razones para no legalizarla. Las razones que se esgrimen sorprenden la buena fe y la ignorancia de la gente, pero en un debate calificado no joden a nadie, simplemente porque todos los estudios que se han hecho no contemplan este hecho social en sus diversas dimensiones.

TC: Hoy hablaste del estado y de las decisiones políticas, en este contexto, el resto de las organizaciones sociales como por ejemplo la opinión de la iglesia ¿no cuenta?

LM: La iglesia es un ejemplo de mesianismo ideológico que pretende ser más realista que el rey. Verbigracia: el uso del condón. Si yo soy católico practicante para qué quiero usar un condón, si por “convicción” los casados no deberían tener relaciones extramaritales, ni pre maritales los solteros. Constituye una enorme contradicción brindar un mensaje innecesario para quienes practican ese credo, y a quienes no lo practicamos, no nos interesa lo que la iglesia diga; si así fuera, nos haríamos católicos. Esto visto desde el punto de vista de la concepción, y no como mecanismo de defensa, por ejemplo, contra el SIDA. Además, la iglesia no es garantía, en el sentido de que frente a algunas de sus equívocas influencias históricas, de nada vale pedir perdón doscientos, trescientos o quinientos años más tarde, si no, pregúntale a Galileo. Por eso lo del mesianismo: me parece bien que dicte pautas morales y de acción a sus fieles, pero que ahí paren la mano.

TC: Pasando en limpio ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto?

LM: Que una fuerza política con hombres de vanguardia tiene la obligación de interpretar y ampliar las fronteras de una lógica social, o de comprensión de una sociedad, y que esa vanguardia debe serlo para todo su electorado, y también para los que no lo son, y en diversos temas, no solamente el de la exclusión social o el excesivo predominio de lo económico. Trabajemos pensando en las prioridades, sabiendo que ellas no se reducen a un solo aspecto de la sociedad. Una vanguardia abre nuevos caminos de entendimiento para todos, no solamente para un grupo de gente, en Uruguay somos tres millones de personas con necesidades, intereses y aspiraciones no compatibles con un espíritu corporativista, ya que ese espíritu en la post modernidad ha muerto. Hoy existen fuerzas sociales que no se pueden aunar en todos los aspectos, y esto constituye parte de lo que denominamos y promovemos como diversidad cultural; constituyendo fuerzas sociales relativamente autónomas y con lógicas muy diferenciadas respecto al paradigma social hegemónico, que pujan por ser y seguir siendo. No solamente hay que plantearles un modo de vida mejor a los más desposeídos, sino atender también las necesidades de otros grupos sociales que bien pueden ser diferentes y, en este caso, creo que habría miles de uruguayos (por lo menos aquellos cuatrocientos de la facultad que hoy te hablaba), que seguramente disfrutarían de fumar un porrito al sol en alguna plaza de Montevideo, como hoy es posible tomarse algunas cuantas cervezas en la calle o incrementar nuestras estadísticas de muerte por cáncer al pulmón o problemas cardíacos, en lo que sí somos campeones mundiales, vía tabaco. El tabaco mata a tres uruguayos diariamente, la marihuana a ninguno, sin embargo, gastamos mucho dinero en campañas para bajar el consumo del tabaco pero, así y todo, es legal y con una frase que diga “fumar puede ocasionar cáncer, enfermedades cardíacas y pulmonares” lo arreglamos (¡!?)
Que el oscurantismo y la ignorancia matan, y que una fuerza de vanguardia debería combatirlos con razones valederas, sin cucos ni fantasmas, ni argumentos de autoridad que, en suma, expresan un provincianismo cultural intolerable... Creo que hay que sacarse un poco la careta; buscar que las normas se respeten, pero para ello el derecho debe “aggiornarse” a la diferenciación social existente, y por consiguiente a esas diversas lógicas sociales que quieren perseverar en su ser. De lo contrario, siempre existe el encanto de violentar las leyes, y de hecho sin duda la gente lo seguirá haciendo, porque el delito cumple una función social, algo nos está diciendo y es fundamental interpretar ese mensaje. El derecho es una expresión del estado de conciencia colectiva de una sociedad dada en un momento determinado ¿qué decir cuando esa conciencia colectiva no es única? ¿cómo legislar para todos? Esto es imposible. Más razonable sería legislar en algunos sentidos de acuerdo a lo que pasa en la sociedad y no de acuerdo con lo que debería pasar. Pero cuidado, no estoy diciendo que sea lícita cualquier cosa, estoy diciendo que nuestros representantes deberían tener un conocimiento mucho más profundo de lo que ocurre, para que su opinión no se vea condicionada por sus propios prejuicios, limitaciones o intereses, algo bastante común pero difícil de comprender: la opinión es el elemento más superficial que tenemos y si no hacemos el esfuerzo por fundamentarla adecuadamente, corremos el riesgo de vivir dentro de un termo, prisioneros de nuestras propias limitaciones y prejuicios.
 


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