FUTBOL Y SOCIEDAD *

“ El fútbol practicado, vivido, teorizado y discutido, es una de las vías por las cuales una sociedad habla de sí misma, se presenta y se deja descubrir ”

Roberto Da Matta

Quienes han seguido nuestras reflexiones a través de los distintos debates en los que hemos participado, o desde estas mismas páginas, saben que siempre hemos tomado distancia de los diagnósticos que con frecuencia se realizan acerca de la violencia en el deporte y más específicamente en el mundo del fútbol. Saben además, que basamos nuestras premisas para pensar esta realidad, en la investigación social y en el conocimiento sistemático de las distintas dinámicas que se involucran en el tema a través de más de dos años de trabajo investigativo.

La fuente de esa distancia, básicamente remite a dos aspectos centrales inherentes a nuestro estado civilizatorio o, si se quiere, a nuestra Inteligencia Nacional, a saber; el excesivo predominio de argumentos de autoridad y reflexionar las distintas realidades sociales desde las soluciones y no desde los problemas. Lidiar con estos aspectos claro está no es nada sencillo y es parte de nuestra uruguayísima forma de ser. Muchas veces esa idiosincrasia se ve limitada por la propia naturaleza del tema en cuestión: nadie habla responsablemente de si Botnia contamina o no, ya que para elaborar un diagnóstico de esa naturaleza es necesario un conjunto de procesos muy elaborados, junto a un conocimiento experto que lo desarrolle, y así lo han acreditado las autoridades nacionales en reiteradas ocasiones: “esperemos el pronunciamiento de los técnicos”.

Sin embargo es muy distinto el escenario, cuando se trata de algunos temas sociales, donde los argumentos de autoridad hallan un campo fértil para su desarrollo diletante. Y precisamente, la lógica de esos argumentos de autoridad, prohíjan el modo en como se orienta el enfoque del tema y desde dónde se lo piensa. Recordemos de paso que entendemos por argumentos de autoridad aquellas argumentaciones que esgrimen en sentido general, personas públicas que han ganado socialmente un prestigio legítimo en determinado campo o actividad, y que en base a ese prestigio, participan en otras áreas de la realidad nacional, ajenas a los ámbitos y competencias naturales donde adquirieron ese prestigio.

Intento reflexionar más allá de la política, más allá de quienes circunstancialmente gobiernen nuestro país; no es tema de un partido, es parte de una idiosincrasia, de una dinámica de resolución de conflictos que, como tantas otras dinámicas en nuestra sociedad, generan consecuencias indeseables, construyendo a un tiempo, imaginarios delirantes, que sobre determinan nuestra vida social, en la búsqueda de chivos expiatorios como recurso clásico de los Orientales para automentirnos. En este caso, el chivo expiatorio son las “barras bravas” de los clubes quienes pagan todos los boletos: propios y ajenos.

Por estos días sin embargo, hemos escuchado ciertas declaraciones de la Sra. Ministra del Interior, que al parecer avanza un poco más acerca de las consideraciones respecto a este tema y, a un tiempo, se aleja de los discursos clásicos, haciendo énfasis sobre un aspecto que nosotros no hemos dejado de señalar: el problema de las barras son un problema de los clubes y son ellos quienes deben hacerse cargo, agregamos nosotros, por iniciativa propia y/o coacción, ya que esa “iniciativa” puede y debe ser competencia susceptible de regulación. Acaso por vez primera, hemos escuchado a alguien (en este caso un Ministro de Estado) que comienza a intuir que los clubes no solamente son parte de la solución, sino que, y esto es lo más importante, son parte sustantiva del problema, y yo creo que la Sra. Daisy Tourné tuvo el valor para decirlo de una buena vez y con todas las letras. Dialécticamente, afirmamos a un tiempo, que las mal llamadas barras bravas si bien constituyen parte del problema, deberían integrarse como parte de la solución.

La conceptualización de barra brava, es una penosa herencia del periodismo argentino, que al ser trasladada mecánicamente a nuestro país, cubre a una variada gama de personas, integrantes de barra o no, que no le hace justicia. Es como decir, que la criminalidad violenta es patrimonio exclusivo de todas las personas excluidas socialmente ya que no están integrados y por tanto no se ajustan a los marcos éticos normativos bajo los que vive la supuesta sociedad integrada: en consecuencia generamos las fuentes donde abrevará nuestro prejuicio social; entonces, cuado vemos a un indigente o a alguna “cara rara” que no calza con el alineado perfil socialmente correcto, cruzamos la calle.

Cada vez que nos hacemos eco de estas frases preconstruidas, estamos generando prejuicios y poniendo en un mismo pie de igualdad a personas que eventualmente integran las barras como único mecanismo de integración social, como lo hemos establecido claramente en nuestro trabajo. Aquí hay otra dinámica perversa de nuestro orden social, y es la de considerar –y pienso en G. Tarde-, que los elementos de estatus de las clases cuasi cortesanas (pienso en la repartija de sopapos y bravuconadas que se propinan algunos de nuestros legisladores nacionales, o los periodistas deportivos en sus programas; pienso en los partidos de Básquet o en la entrega de nominaciones para el carnaval hace pocos días) se convierten en nuestra sociedad actual, en los perjuicios de las clases bajas a cuyos integrantes llamamos marginales y agresivos, porque hacen lo que hacían y hacen los otros, desde una posición social más influyente.

La barra de un club, es un aspecto profundamente complejo y distante de dictámenes maniqueos, donde los ángeles no son tan angelicales ni los demonios tan demoníacos, y por ello es que se hace imprescindible conocer con amplitud y apertura estas realidades e inscribirlas en un contexto social mayor. No está mal rumbeada la Ministra del Interior en considerar a los clubes como parte del problema en especial, cuando algunos de ellos, han empleado a sus barras para la consecución de sus objetivos políticos deportivos. No ingresamos aquí en el comportamiento de las barras en situación de partido, junto a su escasa capacidad de control en una tribuna atiborrada de gente, o, por ejemplo, la incidencia del periodismo deportivo, la reactiva actuación policial y hasta si se quiere, el terrorismo informativo, donde periodistas y personalidades públicas se dan la mano para afirmar (sin ningún tipo de respaldo sensible) que la gente se ha retirado de las canchas por los fenómenos de violencia, sin considerar que hoy en día, existen otros satisfactores más gratificantes que el fútbol, además de sus pésimos resultados.

Creemos que la racionalidad decisional, en nuestro uruguayísimo y urgente esfuerzo por hallar soluciones, ha abolido a la racionalidad técnica, cuando en realidad deberían trabajar juntas. Es cierto, los técnicos cometemos errores, no obstante aprendemos de ellos pues es parte de nuestra dinámica de aproximarnos a la realidad; sin embargo, cuando esa perspectiva es abolida, se abre el espacio para el delirio, para el leal saber y entender, y en definitiva, para la ineficacia en la resolución de conflictos (si es que ellos pueden resolverse), ya que las decisiones suelen pasar por alto la adecuada consideración del problema para ir directamente a las soluciones.

El fútbol en 110 años, promedialmente cobra una víctima cada diez, comparemos estas cifras con lo que ocurre cotidianamente en nuestro país y comprenderemos que las consecuencias no son tan dramáticas y que el fútbol no es una isla. Y es precisamente del ámbito cotidiano de donde surgen muchos de los problemas que son resueltos en una cancha (como espacio de encuentro) y que muchas veces nada tienen que ver con el fútbol o el transcurso de un partido determinado sino con circunstancias “pendientes” surgidas en otros ámbitos. Una tribuna tiene un efecto igualador a nivel social acaso como ninguna otra realidad o institución en nuestro país y cada quien se integra con los recursos sociales y la forma de expresividad que emplea en su vida cotidiana, cuyo periplo lleva cada tarde a una cancha de fútbol. En este sentido, las instituciones “formatean” el modo de ser de cada parcialidad (como consecuencias indeseadas de su propia autoconstrucción identitaria) y allí es donde hay que trabajar y de hecho hay instituciones que lo hacen.

Lamentablemente, Fútbol y Academia no se han reconciliado aún, dejando ese riquísimo espacio, librado a interpretaciones sociales que no pueden trascender la superficie fáctica de los hechos, porque allí, encuentran el límite donde acecha la tumba de los Cracks.

* Leonardo Mendiondo, Sociólogo egresado de la UDELAR. Algunas de las reflexiones que integran esta nota, pertenecen a sus investigaciones relacionadas a esta temática: “Fútbol e Identidades Colectivas en el Uruguay”, Biblioteca del Departamento de Sociología de la Universidad de la República. lmsv@adinet.com.uy
 


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